martes, 1 de mayo de 2012

Los primeros españoles en Chile

La llegada de los primeros españoles a Chile.
OBJETIVOS

— Identificar y comparar las principales características de los descubrimientos marítimos y terrestres de Chile.
— Conocer las motivaciones de Magallanes y Almagro en sus respectivos viajes de descubrimientos.
— Caracterizar las empresas conquistadoras de Pedro de Valdivia.
— Diferenciar las etapas que se distinguen en el proceso de conquista de Chile.
— Analizar los factores que llevaron a Pedro de Valdi­via a tratar de poblar casi todo el territorio nacional.
— Estudiar los diversos problemas que ofreció la con­quista de Chile.
— Conocer los factores que llevaron a intentar ocupar el estrecho de Magallanes.
— Explicar los principales problemas que tuvo el Reino de Chile al finalizar el siglo XVI.

CONTENIDO

I. El Descubrimiento de Chile: marítimo y terrestre.

1.  Descubrimiento marítimo: el viaje de Hernando de Ma­gallanes.

2.  Descubrimiento terrestre

•  Antecedentes
•  Expedición de Diego de Almagro

II. La conquista de Chile

1.  Los inicios de la empresa conquistadora

2.  Desarrollo de la Conquista: de la acefalia al desastre de Curalaba.

•  La acefalia (1553-1557)
• El gobierno de García Hurtado de Mendoza (1557-1561).
•  El término de la conquista (1561-1598).


I.                   EL DESCUBRIMIENTO DE CHILE: MARÍTIMO Y TERRESTRE

1.      Descubrimiento marítimo: El viaje de Hernando de Magallanes

El descubrimiento de América por Colón en 1492 hizo pensar que España había tomado posesión de las regiones que tanto se buscaban: estas eran las islas del extremo orien­te. Sin embargo, los progresivos descubrimientos llevaron a creer que se había encontrado, no una parte del Asia, como lo supuso Colón, sino un nuevo continente. Afianzaron esta idea los relatos de Américo Vespucio, quien aludió a lo des­cubierto como a la "cuarta parte" de la Tierra. Estas difun­didas informaciones empujaron al cartógrafo Waldseemüller, de Friburgo, a llamar "Tierras de Américo", al nuevo continente, en un mapa que publicó en 1507. Desde entonces el nombre de América para designar estas tierras se usó sin obstáculos, aunque en España continuó por bastante tiempo usándose la designación de "Indias" para las mismas tierras.

Diversas son las razones que explican el deseo castellano de buscar un paso que permitiera, navegando siempre hacia el occidente, encontrar la ruta que los llevara hacia las islas de las especierías. Para lograrlo, el monarca no escatimó es­fuerzos en financiar expediciones marítimas, bien dotadas, que fueran en su búsqueda. A ello obedeció el viaje de Vasco Núñez de Balboa, quien en 1513 descubrió el Mar del Sur, hoy conocido como Océano Pacífico.

En 1516 la expedición mandada por Juan Díaz de Solís descubrió y navegó el estuario del Río de la Plata. Pasaron tres años más para realizar otro intento de encontrar el paso

que uniera el Atlántico con el recién descubierto del Sur. Es­te estuvo a cargo de Hernando de Magallanes.

Era éste un navegante portugués de larga trayectoria en los mares de la India. Magallanes estudió la geografía de la zona y su producción, y observó en sus viajes que las mer­caderías que más estimación tenían en Europa no eran pre­cisamente originarias de la India sino de los archipiélagos si­tuados mucho más al oriente, de las islas Molucas, que en esos años adquirieron una reputación maravillosa de rique­za; supo a su vez cuáles eran sus producciones; infirió que las Molucas, por su gran distancia de la India, estaban situadas fuera del hemisferio que, según el Tratado de Tordesillas de 1594, correspondían al rey de Portugal. Desde entonces ad­quirió la convicción profunda de que las islas de las especie­rías pertenecían de derecho al rey de España, y de que era posible llegar a ellas por un camino opuesto al que seguían los portugueses.

El rey de Portugal no escuchó los planteamientos de Magallanes y del cosmógrafo de la misma nacionalidad Ruy de Faleiro. Ante esta situación, Magallanes primero y'.Falei-ro después, pasaron a España a ofrecer sus servicios. Ambos compañeros eran completamente desconocidos en España y fueron tramitados en un comienzo por los funcionarios de la Casa de Contratación, pero en esa misma época llegó a Es­paña el nuevo príncipe que iba a asumir el trono, el futuro emperador Carlos V, a la sazón muy joven y entusiasta de las grandes empresas. Magallanes y Faleiro fueron recibidos por el rey a quien expusieron sus ideas. El monarca aprobó el plan y se convirtió en decidido protector de la empresa.

Por orden del monarca se pusieron a disposición de Ma­gallanes cinco naves con todos sus pertrechos y 250 hombres.

La navegación a través del Atlántico no ofreció grandes dificultades. Magallanes recorrió la costa americana hacia el sur y fondeó en la bahía de San Julián, en la Patagonia, en marzo de 1520.

Después de varios meses de permanencia en las costas patagónicas orientales, se puso en contacto con los aboríge­nes de la zona que bautizaron como "patagones"; la expe­dición se puso nuevamente en viaje. Poco después de cruzar los 52° de latitud sur, el l.o de noviembre de 1520, la flota penetró en un amplio brazo de mar que, según todas las apa­riencias, era la ruta que buscaban. No se engañaban los ex­pedicionarios, pues efectivamente habían descubierto el estrecho que posteriormente sería bautizado con el nombre de Magallanes. De esta manera, casualmente, quedaba descu­bierta una parte del actual territorio de Chile.

Durante varios días exploraron las caletas y otros puntos de las costas, tratando de reaprovisionarse de leña y agua, ya que las tierras que veían no tenían interés para ellos. Les lla­maban la atención las fogatas que veían en las noches en la orilla sur, encendidas seguramente por los indígenas, y de donde se originó el nombre de Tierra del Fuego,' que dieron a esta zona.

La travesía por el estrecho fue extraordinariamente pe­nosa y cuando, finalmente, salieron al mar abierto, se encon­traron con un inmenso océano, que por rara excepción se mostraría calmado durante la mayor parte del trayecto. Fue por esta razón que le llamaron Océano Pacífico.

Desde la salida del estrecho, Magallanes navegó hacia el norte, en la zona tropical se dirigieron al Asia y debieron so­portar las más terribles penurias por la falta de alimentos y la aparición de escorbuto.

El rumbo seguido, lamentablemente, los alejó de las in­numerables islas dispersas del océano; sin embargo, después de más de tres meses de navegación, descubrieron las islas Marianas y luego las Filipinas. En una de estas últimas, Ma­gallanes perdió la vida luchando contra los aborígenes.

La expedición la continuó Sebastián Elcano, que con só­lo 17 hombres logró regresar a España en el año 1522, cir­cunnavegando por primera vez la Tierra.


2.       EL DESCUBRIMIENTO TERRESTRE

• Antecedentes

En la segunda década del siglo XVI se formó una socie­dad, en Panamá, en la que participaron Francisco Pizarra, Diego de Almagro y el cura Hernando de Luque. Su obje­tivo era explorar y conquistar las tierras del sur del istmo. A partir de 1524, Pizarra y Almagro exploraron por mar las costas de Colombia y Ecuador. En la isla del Gallo resolvie­ron que Almagro volviese a Panamá en busca de refuerzos, quedando Pizarra y su gente en el lugar a la espera de éstos.




MAPA: Gobernaciones otorgadas por Carlos V en el siglo XVI


El gobernador de Panamá se opuso a ese envió de re­fuerzos que pedía Pizarro y en cambio ordenó que zarparan dos barcos con la intención de que regresaran Pizarro y su gente. Sólo la energía de éste posibilitó que la empresa con­tinuara. Enseguida, en un pequeño barco, Pizarro exploró las costas del sur y luego en 1527 regresó a Panamá, de don­de decidió viajar a España para obtener la autorización real.

Pizarro retornó de Europa con las credenciales corres­pondientes, reanudándose los preparativos del viaje. La ex­pedición partió desde Panamá en 1531 y después de largos meses de navegación desembarcó en la costa peruana, interinándose en el país sin ser hostilizada.

Los españoles llegaron al Perú cuando el Imperio venía saliendo de la guerra civil que habían protagonizado Atahualpa y Huáscar por los problemas de sucesión al trono, a la muerte de su padre, el inca Cápac.

La conquista del Perú fue extraordinariamente rápida después de la caída de Atahualpa en Cajamarca. Pronto se hicieron muy notorias las fuertes discrepancias entre Pizarro y Almagro; éstas se agudizaron como consecuencia de las nuevas reparticiones concedidas por Carlos V en 1534 en torno a la posesión del Cuzco.

Según las Capitulaciones de 1534, la América Meridio­nal fue repartida como se señala en el mapa anterior.

• Expedición de Diego de Almagro a Chile

Una vez consumada la conquista del Perú, Almagro se interesó por expedicionar hacia el sur, con el fin de hacerse cargo de la gobernación que le había sido concedida por Carlos V.
Sus relaciones con Francisco Pizarro estaban muy ma­las; ambos disputaban la posesión del Cuzco, alegando que estaba dentro de los límites de sus respectivas gobernaciones.

Los incas hablaban de Chile como de una región donde abundaba el oro y de donde se había sacado la mayor parte del rescate de Atahualpa. Ante estas situaciones se formó una nueva empresa para reconocer e incorporar dicho terri­torio.

La expedición de Almagro llegó a reunir 500 hombres y más de diez mil indios de servicio, además de provisiones, ar­mas y los más diversos elementos para realizar la coloniza­ción.

Los incas colaboraron amistosamente con la expedición de Almagro e incluso más, un príncipe del Imperio y el sumo sacerdote fueron despachados adelante para preparar el avance de la columna, recibiendo las autoridades locales in­dígenas órdenes de cooperar con él.
A mediados del año 1535, Almagro se puso en marcha con parte de las tropas, siguiendo el camino de los incas que, desde el Cuzco, se internaba en el altiplano boliviano. El avance fue lento y lleno de dificultades, pues la mayor parte de los indios yanaconas se dio a la fuga. Después de cruzar el altiplano, bordeando los lagos Titicaca, la columna descen­dió a las regiones de Jujuy y Salta, que hoy forman parte de Argentina. Desde allí se dirigió hacia el occidente y cruzó la cordillera en el paso de San Francisco, a más de cuatro mil metros de altura. Debido a las penurias de la travesía y con el objeto de aliviar la situación, Almagro se adelantó con veinte hombres, bajando al valle de Copiapó, donde recibió ayuda indígena en alimentos para ser despachados ensegui­da al resto de la expedición.

Repuestas las energías, Almagro continuó hacia el sur, y alcanzó hasta el valle del Aconcagua. Despachó diversos destacamentos de reconocimiento, de los cuales uno de ellos encontró uno de los tres barcos de auxilio que se habían dis­puesto previamente.

El reconocimiento más importante lo realizó el capitán Gómez de Alvarado con ochenta hombres de a pie y de a ca­ballo hasta la confluencia de los ríos Itata y Nuble. En el trayecto hubo que combatir contra las inundaciones y las lluvias. Tras hallar fuerte resistencia araucana en el combate de Reinohuelén, donde por primera vez mapuches y espa­ñoles se enfrentaron, Gómez regresó al valle de Aconcagua.

La inexistencia de oro, el atractivo que aún ejercía el Perú, constituyeron las principales motivaciones para el re­greso de Almagro al Cuzco.

La experiencia sufrida en los Andes llevó a Almagro a elegir una nueva ruta: la del desierto costero. De vuelta en el valle de Copiapó, atravesaron el despoblado de Atacama hasta la localidad de San Pedro, y desde allí prosiguieron hacia el norte sin dificultades en los primeros meses de 1537, sin cumplir la primitiva intención de conquista, la hueste de Almagro llegaba a las cercanías del Cuzco.

El retorno de Almagro agravó las discrepancias surgidas en torno a la posesión del Cuzco entre los conquistadores es­pañoles, situación que terminó con el apresamiento de Almagro en la batalla de Las Salinas (1538) y su posterior eje­cución por los hermanos Pizarro.



MAPA: Ruta del Adelantado Diego de Almagro


II.                LA CONQUISTA DE CHILE

1. Los inicios de la empresa conquistadora

A pesar del desprestigio en que había caído la región ex­plorada por el adelantado Diego de Almagro, a un hombre extraordinario le cabría la gloria y honor de conquistar estas tierras. Este fue Pedro de Valdivia, quien al comenzar la conquista de Chile contaba con un poco más de cuarenta años de edad.

Siendo muy joven aún se enroló en los ejércitos españo­les donde participó en las guerras contra Francia, Flandes e Italia, alcanzando el grado de capitán. De espíritu muy in­quieto, pronto pasó a América donde tomó parte en la con­quista de Venezuela y luego del Perú, aquí llegó a ser Maes­tre de Campo en el ejército de Pizarro; distinguiéndose ade­más en la batalla de Las Salinas (1538), donde fue tomado prisionero Diego de Almagro.

Después de estos hechos, Francisco Pizarro le entregó una numerosa encomienda de indios y una mina de plata en la región de Porco. Sin embargo, Valdivia deseaba realizar una empresa que lo cubriera de gloria para dejar fama de sí y que su nombre se inmortalizara en las páginas de la histo­ria.

Con posterioridad a la expedición de Almagro nadie se había interesado por conquistar estas tierras, hasta que Val­divia solicita la autorización de Pizarro para conquistar a Chile, dejada vacante por la muerte de Almagro.

En la preparación de la expedición tuvo muchas dificul­tades porque estos territorios habían caído en un total des­crédito.

De sus propios fondos Valdivia reunió nueve mil pesos oro y pudo comprar algunos implementos y, mediante prés­tamos, adquirió quince mil pesos oro en caballos y armas. Transcurrieron alrededor de seis meses sin reunir más capi­tal; en este tiempo Valdivia celebró un contrato con el co­merciante Francisco Martínez para compartir, por partes iguales, gastos y ganancias.

Un acontecimiento inesperado obligó a Valdivia a en­trar en nuevos acuerdos: la llegada de Pero Sancho de la Hoz, quien traía una capitulación firmada por la Corona para llevar a cabo la conquista de una gobernación situada al sur del Estrecho de Magallanes.

La presencia de este hombre preocupó a Pizarro, que, temeroso de la influencia verdadera o ficticia que pudiera te­ner en España, aconsejó a Valdivia realizar con él la con­quista de Chile, pese a que los títulos de Sancho de la Hoz le dejaban al margen del territorio por conquistar.

Valdivia accedió a compartir su empresa y firmó con el recién llegado un contrato por el cual éste se comprometía a dirigirse a Chile dentro de cuatro meses, aportando dos na­ves y otros elementos. Con todo, el problema más grande era conseguir hombres para la empresa.

Los soldados que se le unieron no pasaban de diez o do­ce más un contingente de yanaconas. A pesar de la insigni­ficancia del grupo, Valdivia no desmayó y ayudado por Inés de Suárez, partió del Cuzco a la conquista de Chile.

La única esperanza de Valdivia era incrementar en el trayecto su contingente, como efectivamente ocurrió, ya que había despachado mensajeros al altiplano y otras regiones cercanas, donde existían partidas de soldados españoles ex­plorando, además de algunos miembros rezagados de la ex­pedición de Almagro.

El camino escogido fue la ruta de los incas que atrave­saba los arenales y desiertos que se encontraban entre la cor­dillera y el mar. Durante la marcha, poco a poco, se junta­ron a la expedición varios capitanes con algunos grupos de soldados que bajaban del altiplano después de haber con­cluido las exploraciones de dicha área.

La marcha a través del desierto fue dura por la falta de agua y alimentos y por la resistencia de los aborígenes.

Una vez en el valle de Copiapó, la columna expedicio­naria, que ya alcanzaba a 152 hombres, pudo descansar, reunir alimentos y reparar su equipo. En esta zona Pedro de Valdivia tomó posesión de Chile en nombre del Rey de Es­paña. La marcha al sur prosiguió luego con grandes penu­rias, hasta la llegada al valle del Mapocho.

El lugar escogido por Valdivia para fundar la primera ciudad reunía condiciones muy favorables. La vegetación era abundante, y los cultivos de los indígenas hacían pre­sumir un buen rendimiento agrícola. La población autóc­tona era numerosa y de ella se obtendría la mano de obra necesaria para los cultivos y la construcción de la ciudad.

El 12 de febrero de 1541, Valdivia procedió a fundar Santiago. El alarife Pedro de Gamboa trazó ocho calles de

Norte a sur y diez de oriente a poniente, dividiendo cada manzana en cuatro solares.



MAPA: Ruta del Tte. De Gobernador Pedro de Valdivia

La manzana del medio fue destinada a la plaza de ar­mas y en su costado poniente se destinó un solar para la igle­sia. Las casas fueron fabricadas con adobes, madera y techos de paja.

Pocos días después de la fundación de Santiago, Valdi­via creó el Cabildo, que sería el órgano representativo del ve­cindario, se preocuparía de la administración local y tomaría parte en las más importantes decisiones comunitarias, inclu­so en materia de gobierno.

Este cabildo nombraría a Pedro de Valdivia como go­bernador interino de Chile mientras recibía la ratificación del rey de España. De esta manera el conquistador repetía la misma argucia empleada por Hernán Cortés en México. Ambos iniciaron la conquista de sus respectivos territorios como Tenientes de Gobernador.

Poco tiempo después, y con la ayuda de los aborígenes del lugar, Valdivia comenzó a trabajar un lavadero de oro en la desembocadura del estero Marga-Marga, y en Concón empezó a construir un barco para comunicarse por mar con el Perú.

La población indígena que colaboraba para los conquis­tadores era numerosa (picunches) y aparentemente pacífica.

Sin embargo, pronto los indígenas dejaron de participar y los ataques a las fuerzas españolas fueron frecuentes. La rebelión general estalló y en la mañana del 11 de septiembre de 1541 los indios asaltaron la recién fundada ciudad de Santiago mientras Valdivia se encontraba ausente en las cer­canías del Cachapoal.

Los defensores lograron rechazar el ataque indígena con muchas dificultades, no pudiendo impedir el incendio y des­trucción de la ciudad.

Para salir de tan difícil situación, Valdivia envió al Perú al capitán Alonso de Monroy con el objeto de solicitar ayuda e interesar a que otros hombres se decidieran a venir a Chile. Para lograrlo, el oro conseguido hasta el momento fue fun­dido y trabajado en forma de estribos, empuñaduras de es­padas, vasos y otros.
Monroy despachó desde el Perú un barco El Santiaguillo cargado con diversas mercancías que llegó en septiembre de 1543 a la caleta de Valparaíso; mientras tanto, el propio Monroy viajó por tierra con setenta hombres que se incor­poraron al proceso de colonización.

El jefe conquistador, al frente de cuarenta y dos hom­bres, salió de Concepción a Tucapel, donde los síntomas de rebelión eran ostensibles; el 25 de diciembre encontraron el fuerte arrasado. Súbitamente los indios los atacaron por ole­adas sucesivas al mando de Lautaro, y los españoles fueron derrotados. Valdivia fue hecho prisionero y posteriormente fue ejecutado. No hubo sobrevivientes españoles.

2. Desarrollo de la Conquista: De la acefalía al desastre de Curalaba (1553-1598)

• La acefalía (1553-1557)

Cuando en Concepción se conocieron las noticias de lo ocurrido en Tucapel, el Cabildo de la ciudad procedió a abrir el testamento de Valdivia donde éste designaba a su sucesor.

En primer lugar aparecía Jerónimo de Alderete, quien se encontraba en España; en el segundo lugar de sucesión es­taba Francisco de Aguirre, que por orden de Valdivia se ha­llaba en Tucumán, donde fundaba Santiago del Estero (1553). Ante esta circunstancia los cabildos del sur entrega­ron el mando a Francisco de Villagra. Sin embargo, al regre­sar Aguirre exigió que se le reconociera como gobernador. Villagra se negó a hacerlo, originándose así una disputa que se prolongó por tres años, lapso en que los propios cabildos debieron asumir el gobierno de sus respectivos distritos.

Entre tanto el gobernador designado por el rey, Jeró­nimo de Alderete, fallecía en Panamá cuando regresaba a tomar posesión de su cargo (1556). El virrey del Perú, An­drés Hurtado de Mendoza, decidió designar gobernador de Chile a su hijo García Hurtado de Mendoza.

Mientras tanto, el Cabildo de Concepción llamó apre­suradamente a Francisco de Villagra para que se hiciera car­go de la conducción de la gobernación de Chile y organizara
su defensa.

La ciudad de Angol y los fuertes de Purén y Arauco fue­ron abandonados y sus defensores se replegaron en La Im­perial y Concepción.

Villagra despobló Villarrica, y con los hombres que sacó de las otras ciudades constituyó una fuerza militar importan­te con la cual hacer frente a la nueva situación.

Desde Concepción salió por la región costera a detener a los araucanos que marchaban contra la ciudad. Sin embar­go, derrotados en el combate de Marihueño, dificultosamen­te Villagra y los sobrevivientes huyeron hacia Concepción. Ante el inminente peligro de ser vencidos por los araucanos, los españoles abandonaron la ciudad, que fue destruida.

Santiago se transformó nuevamente en el centro prin­cipal de la conquista en los tres años siguientes. Villagra ejer­ció el mando principal pese a las dificultades con el Cabildo de esta ciudad que había designado a Rodrigo de Quiroga, y a las pretensiones a la gobernación de Francisco de Aguirre.

Sin embargo, Villagra auxilió las ciudades del sur que estaban prácticamente sitiadas por los indígenas, y logró de­tener el avance que contra la capital lanzó Lautaro, quien cruzó el Maule y llegó hasta las márgenes del río Mataquito.

La última ofensiva araucana coincidió con el regreso de Villagra de su segundo recorrido a las ciudades sureñas. Uniendo sus hombres a los de Santiago, atacó y derrotó a Lautaro, quien murió en el combate.

• El gobierno de García Hurtado de Mendoza (1557-1561)

Ya hemos señalado que Jerónimo de Alderete, el pri­mero en ser nombrado como sucesor en el testamento de Valdivia, se encontraba en España mandado por el mismo gobernador a solicitar la ampliación de la gobernación hasta el estrecho de Magallanes. Así fue concedido, con el agre­gado de una nueva gobernación para el mismo Alderete, que se extendería desde el estrecho hasta el Polo Sur en los 90° (1554).

Conocida en España la muerte de Valdivia, el rey re­fundió ambas gobernaciones en una, que entregó al mismo Jerónimo de Alderete (1555).

La concesión a Alderete es uno de nuestros más antiguos títulos jurídicos sobre los territorios antárticos chilenos.

Jerónimo de Alderete, sin embargo, jamás se hizo cargo de su puesto. Murió en Panamá cuando se dirigía a Chile con el objeto de asumir su alto cargo (1556).

Mientras tanto, en Chile los conquistadores se vieron en­vueltos en graves disputas sobre el mejor derecho para su­ceder a Valdivia como gobernador.

Para poner término a esta situación y aplastar la rebe­lión araucana lo más pronto posible, el nuevo virrey del Pe­rú, Andrés Hurtado de Mendoza, nombró como gobernador de Chile a su hijo García, un joven de veintiún años, muy impulsivo, orgulloso y carente de experiencia.

Por su edad y por su alcurnia contrastaba marcadamen­te con los aguerridos capitanes de la conquista. No conocía a Chile más que de nombre y no había militado en ninguno de los ejércitos que batallaban en América. Sin embargo, era ya un oficial distinguido. Traía del Perú un ejército de 450 hombres y 500 caballos, un poderoso material de guerra, grandes cantidades de provisiones y tres buques.

Una parte de la expedición fue despachada por tierra y don García se embarcó en el Callao. Con él venían varios personajes de experiencia y criterio, designados por su padre para que le sirvieran de consejeros y un lúcido grupo de jó­venes de buen linaje, entre ellos don Alonso de Ercilla.

García Hurtado de Mendoza llegó primero a La Serena y luego, en el invierno de 1557, desembarcó con su ejército en la isla de la Quinquina. No se atrevía a tocar aún el con­tinente, porque aguardaba su caballería, que venía por tie­rra, y desde Santiago. Como dos meses estuvo allí hasta que se decidió a ocupar la costa. Levantó un fuerte poco más al sur del sitio ocupado por la ciudad destruida, y en el primero estableció su campamento. El fuerte estaba muy bien cons­truido, con sólidas murallas y anchos fosos. Los indios no habían dado señales de alarma hasta ese momento; pero cuan­do vieron el desembarco y notaron que el poderoso ejército español pretendía abrir una nueva campaña, asaltaron el fuerte. Eran mandados ahora por otro toqui, Caupolicán. Los indios atacaban de frente con valor desesperado. Salta­ron encima de los fosos. Caían por centenares; pero domi­nados por una temeridad heroica, persistían en el ataque. Las balas los dispersaban, deshechos en pedazos, y por fin hubieron de retirarse derrotados en medio del mayor desor­den.

Después de este triunfo se preocupó de auxiliar a las ciu­dades de La Imperial y Valdivia y organizó, en seguida, una expedición para adelantar el reconocimiento del territorio de Chile situado más al sur. Los sufrimientos fueron muy gran­des por la carencia de alimentos y las penurias que la topo­grafía imponía a los conquistadores. Muy agotados llegaron hasta el seno del Reloncaví, que debía ser el término de la expedición.

Antes de abandonar el lugar, Alonso de Ercilla con al­gunos compañeros cruzaron en una canoa a una de las islas que se veían al frente, hecho que dejó reflejado en el siguien­te verso de La Araucana:

"Aquí llegó, donde otro no ha llegado,
don Alonso de Ercilla, que el primero,
en un pequeño barco deslastrado,
con solo diez pasó el desaguadero".

Durante esta campaña García Hurtado de Mendoza se preocupó de fundar dos nuevas ciudades: Cañete y Osorno (1558) y ordenó repoblar Angol.

Al igual que Valdivia, el gobernador procuró incorporar el estrecho de Magallanes a la gobernación y preparó una expedición de dos naves que puso al mando del capitán Juan Ladrillero y de Francisco Cortés Ojeda. En noviembre de 1557 zarparon desde Valdivia y navegaron en convoy hasta que una tempestad los separó.

El capitán Juan Ladrillero se dirigió más al sur y des­pués de muchas peripecias en el laberinto de canales austra­les, logró arribar al estrecho y recorrerlo íntegramente. En esa oportunidad tomó posesión de aquellas tierras en nombre del rey y del gobernador de Chile (1558).

La actividad desplegada por el nuevo mandatario fue extraordinaria: despachó a la región de Cuyo al capitán Pe­dro del Castillo, que fundó una ciudad y le dio el nombre de Mendoza, en homenaje al gobernador. Poco tiempo después, el sucesor de García designó como gobernador de aquel dis­trito al capitán Juan Jufré, que cambió la ubicación de la ciudad y además fundó San Juan.

A la muerte de su padre, García Hurtado de Mendoza vio terminados sus días como gobernador de Chile y aban­donó el reino en febrero de 1561.

• El término de la Conquista (1561-1598)

En el año 1561 asume la Gobernación de Chile Francis­co de Villagra. Este había servido desde el comienzo de la Conquista bajo las órdenes de Valdivia como su teniente ge­neral.

Durante su mandato envió a Juan Jufré a continuar la ocupación de los territorios allende los Andes. En su expedición fundó la ciudad de Santiago del Estero, en el año 1563.

Entre los años 1563 y 1565 ejerce el gobierno de Chile en forma interina, por muerte de Francisco de Villagra, su primo Pedro de Villagra.

En general, podemos sostener que los años comprendi­dos entre 1561 y 1600, salvo el período representado por el gobierno de Alonso de Sotomayor (1583-1592), fueron una sucesión de desastres para los conquistadores: guerra de Arauco, epidemias, terremotos y ataques de los corsarios in­gleses y holandeses.

Durante el gobierno interino de Rodrigo de Quiroga (1565-1567) se realiza una expedición a Chiloé, ocasión en que se funda la ciudad de Castro (1567).

Durante el gobierno de Melchor Bravo de Saravia, pre­sidente titular de la Real Audiencia (1567-1575) se instala en Concepción este alto tribunal. La Corona pensaba que la Real Audiencia solucionaría los problemas del país, sobre to­do en una zona donde primaba lo militar y donde se suponía que, debido a los abusos que se cometían con los indígenas, éstos vivían en permanente rebelión.

Durante el reinado de Felipe II se produce una creciente rivalidad entre España e Inglaterra. Este hecho favoreció las acciones de piratas y corsarios incitados por la corona ingle­sa. Es así como en 1577 zarpó desde Inglaterra Francis Drake con la intención de incursionar en territorios españoles de ultramar.

En 1578 llegó al estrecho de Magallanes; en noviembre del mismo año a la isla Mocha, y un poco después se presen­taba en Valparaíso, donde asaltó sin dificultad un barco car­gado de oro en polvo y las bodegas del puerto, llenas de pro­ductos agrícolas que iban a remitirse al Perú.

Su intento de repetir la acción en La Serena fracasó, por la organizada defensa de los pobladores, ya advertidos de la presencia de Drake. Este abandonó las costas de Chile y re­gresó a Inglaterra en septiembre de 1580, después de haber dado la segunda vuelta al mundo.
En 1584 y debido a las correrías de Drake determinaron al virrey del Perú, Francisco de Toledo, a enviar desde el Callao una expedición con el objeto de cerrar ese camino a los corsarios, estudiar las regiones adyacentes y fundar po­blaciones. Jefe de la escuadrilla fue Pedro Sarmiento de Gamboa. Este fundó dos ciudades en el estrecho de Magalla­nes, una en la orilla norte, cerca de la boca oriental,  y la otra en la península de Bunswick. Recibieron las denominacio­nes dé Nombre de Jesús y de Rey Don Felipe (1584).

En 1586 partió de Inglaterra Tomás Cavendish rumbo a América del Sur. Su paso por el estrecho y navegación por el Pacífico fueron relativamente fáciles. Pudo aprovisionarse en la isla Santa María. En abril de 1587 fondeó en Quintero. Pronto llegaron allí contingentes españoles, quienes lograron derrotar a los ingleses y los obligaron a reembarcarse. En su huida dejaron al único sobreviviente de las ciudades funda­das por Sarmiento de Gamboa.

Al terminar el siglo llegó una tercera expedición inglesa. Esta la comandaba Ricardo Hawkins, y contaba, como siempre, con el apoyo de la Reina Isabel I. En pocos días atravesó el estrecho de Magallanes y poco después fondeó en la isla Mocha. En abril de 1594 cayó sobre Valparaíso, puer­to que saqueó sin resistencia. Pero en la costa peruana fue apresado. Sirvióle ahora a Hawkins el comportamiento ca­balleresco que había usado siempre con sus prisioneros, pues le fue retribuido por los españoles. Al rendirse a ellos, des­pués de un duro combate, recibió palabra de que se le res­petaría la vida, lo que se cumplió.

Después fue remitido a España, y luego de dos años de prisión se le dejó en libertad.

A las incursiones de los corsarios ingleses vienen a aña­dirse en las postrimerías del siglo los ataques de los piratas holandeses. Llegaron por el estrecho comandados por Simón de Cordes; uno de los buques se entregó en Valparaíso; otro, en cambio, dirigido por Baltasar de Cordes, asaltó en abril de 1600 la ciudad de Castro. El mismo año 1600, otro holan­dés, Olivero Van Noort, saqueó Valparaíso.

También, en el plano interno, nuevas tragedias sufrirán los conquistadores españoles antes que llegue el siglo XVII. En diciembre de 1598, el gobernador Martín García Oñez de Loyola tuvo noticias de que se hallaba seriamente ame­nazada por los araucanos la ciudad de Angol. Marchó en­tonces de La Imperial con cincuenta españoles y trescientos indios auxiliares, y al llegar a Curalaba, a orillas del río Lu-maco, hizo alto para pasar la noche. En la madrugada del 23 de diciembre cayeron sobre ellos los araucanos al mando del cacique Pelantaro, infligiendo una derrota a los españo­les que incluyó la muerte del propio gobernador. Esta muer­te se transforma en la señal de alzamiento de los indios al sur del Biobío; las ciudades y fuertes reciben de inmediato el ataque de los naturales. Los españoles luchan en todos los frentes y se ven obligados, más de una vez, a abandonar po­siciones indefendibles.

El año 1599 y el siguiente marcan la hora cumbre de la angustia y del heroísmo. Se despuebla la ciudad de Santa Cruz de Oñez y los fuertes próximos al Biobío; Chillan es asaltado e incendiado; igual cosa Valdivia, de cuyos habi­tantes Pelantaro hace una horrible carnicería; Osorno sufre también el ataque indígena, pero alcanza a repeler a los ofensores; La Imperial y Angol, después de un sitio extenuador, tienen que ser evacuados; Villarrica, con Rodrigo de Bastidas a la cabeza, opone una desesperada y heroica resis­tencia que ha de prolongarse por casi tres años, al final de los cuales también cae.

Concluye así el siglo XVI con la ruina de gran parte de la obra española en Chile, y con uno de los más grandes de­sastres. El siglo siguiente será marcado por el abandono de los territorios situados al sur del Biobío y por el comienzo del ocaso de los Austria en España, hecho que se refleja en Chile por una sucesión de ineficientes gobernadores.





MAPA: Ciudades fundadas en el siglo XVI


Guía de Ejercicios

1.  Explique tres razones que llevaron a Hernando de Ma­gallanes a realizar su periplo alrededor de la Tierra.
2.  En un esquicio de América del Sur localice los lugares geográficos que tocó Magallanes en su expedición naval hacia el oriente.
3.  Investigue la actuación que le correspondió a Diego de Almagro en el proceso expansivo hispano en la América del Sur, antes de 1536.
4.  Nombre y comente tres hechos históricos significativos de la expedición descubridora de Almagro en el actual terri­torio chileno.
5.  Realice una cronología de los hechos más significativos de la conquista de Chile entre 1541 y 1598:
6.  Haga una semblanza histórica en forma breve sobre la actuación que les cupo en la conquista de Chile a los si­guientes personajes:
a) Pedro de Valdivia                    d) Lautaro
b) Francisco de Villagra                    e) García Hurtado de Mendoza
c)  Inés de Suárez                       f) Alonso de Ercilla

INTERPRETACIÓN DEL DOCUMENTO

La ciudad indiana

"El conquistador, apenas transformado en poblador y casi siempre en encomendero, se agrupa invariablemente para vivir en núcleos ur­banos. Es increíble a primera vista la cantidad de ellos que se fundan en el siglo XVI, con la modesta categoría de los pueblos, no pocas veces transformados después en flamantes ciudades y villas con blasones y tí­tulos pomposos otorgados por merced real a petición de sus nuevos ve­cinos. Lo que aparece casi como una manía de fundaciones tiene, sin embargo, causas muy lógicas.

La ciudad indiana surge por interés común del Estado y de los in­dividuos. Sobre éstos actúan la fuerte tradición urbana peninsular de la Edad Media y la necesidad de controlar puntos vitales de las zonas conquistadas, bien por su interés estratégico (defensa contra los indios, centros de comunicaciones) o económico (tierras fértiles, minas, puertos, centros comerciales); además, y quizá sobre todo, el único medio para los españoles de hacer valer sus derechos frente a la Corona es integrar­se en comunidades políticas y sociales que representen de alguna ma­nera al pueblo; el municipio, institución que en Castilla ha entrado por entonces en decadencia, se trasplanta a América y cobra allí nuevos bríos y relieve político, que sólo al cabo de los años irán siendo cerce­nados por las tendencias centralistas de la Monarquía. Esta, por su parte, acepta y estimula la agrupación de los conquistadores en ciuda­des como único medio de poder sujetarlos, ya que en caso de dispersarse escaparían a todo posible control.

La tendencia a fundar ciudades se vio en general poco favorecida por tradiciones indígenas; en las nuevas tierras predominaban las for­mas de vida nómada o seminómada, y sólo en las áreas culturales de­sarrolladas (aztecas, maya, quechua) encontraron verdaderas ciudades. En este caso, las aprovecharon casi sin excepción, transformando más o menos el aspecto del casco urbano y apropiándose los mejores barrios, en general los menos céntricos. Como ejemplos típicos, y aun vivos de ciudad española superpuesta a una indígena sin hacerla desaparecer del todo, se citan con frecuencia el Cuzco y Tenochtitlán (hoy México capital).

Es lógico, por cuanto llevamos dicho que la inmensa mayoría de las ciudades indianas sea de nueva fundación. Se hicieron de preferen­cia en valles, mesetas no demasiado altas y costas, buscando, según cli­mas, las circunstancias ambientales que favorecieron el proceso de acli­matación de los españoles, pero hay muchos ejemplos en contrario, y ciudades insalubres e inhóspitas se mantuvieron y prosperaron por incentivos económicos; a falta de éstos, otras fueron trasladadas de lugar o desaparecieron.

Las ciudades nuevas se edificaron sólo para españoles. Más ade­lante se construyeron otras sólo para indios, reunidos en ellas para ser civilizados, cristianizados o protegidos de abusos por parte de los es­pañoles, a quienes la ley prohibía residir en tales ciudades. Sin embar­go, las hay desde el principio de tipo mixto, separando a los indios en uno o más barrios (cercado); con los años este tipo tiende a generali­zarse. Las fundaciones se hicieron bajo diversos regímenes jurídicos (población libre, señorial, comercial, misional y real), pero ello no trasciende demasiado en la fisonomía y posterior evolución de la ciudad.

El solar y orientación de la futura urbe se fijaban según conside­raciones sanitarias climáticas y materiales, proximidad de agua pota­ble, materiales de construcción y tierras cultivables, ausencia de nieblas y miasmas, etc. En el sitio más adecuado, y casi siempre en el centro, se trazaba una plaza cuadrada y grande, a la que darían luego las facha­das de la catedral o iglesia principal, la casa del gobernador o máxima autoridad con residencia local, la casa del Cabildo (hoy la llamaríamos Ayuntamiento). A partir de la plaza se trazaba una doble serie de lí­neas paralelas, perpendiculares entre sí, que marcarán las futuras ca­lles, anchas o estrechas, según el clima. Los espacios limitados por la intersección de las calles, llamados cuadras, por ser cuadrados o rectan­gulares, se adjudicaban en el acto a los futuros vecinos, según méritos y categorías personales; cuanto más grandes y próximos a la plaza, más se estimaban estos solares, destinados a viviendas y huertas de sus pro­pietarios. Ofrece así el caso urbano que no tiene menos de 600 varas en cada dirección a partir de la plazaun cierto aspecto rústico; pron­to se modifica al progresar la ciudad y adquirir más valor el suelo; las huertas van quedando relegadas al exterior y en el centro aparecen poco a poco las cuadras como compactos bloques de edificios, éstos cada vez más sólidos y lujosos.

La ciudad cuenta, fuera de su solar, con amplias tierras de propie­dad comunal, donde se instalan el matadero y todo servicio maloliente o poco salubre, así como las eras; dehesas o zonas de pasto para utiliza­ción común; montes donde los vecinos pueden obtener leña, caza, mate­riales de construcción. El resto del término municipal, casi siempre ex­tenso e imprevisto, queda de momento libre y desaprovechado (baldíos), salvo que grupos indígenas se asienten en él. No tardarían en ir siendo adjudicados por el municipio a particulares, según el régimen que men­cionaremos al hablar de la propiedad rústica. Los municipios se fueron atribuyendo límites territoriales cada vez más amplios para lucrarse con las ventas de baldíos o favorecer a sus vecinos con nuevas propie­dades: fijar estos límites en un cuadrado de 2 a 5 leguas de lado no pa­sará quizá de ser una generalización imprudente.

Hay tipos regionales de ciudad muy variables, surgidos de cir­cunstancias geográficas, climáticas e históricas diferentes, pero su plan general es el mismo. Las variantes más acusadas son quizá los asen­tamientos mineros, misionales y militares. El campamento minero (real de minas) termina por convertirse en una ciudad normal o desaparece, según la riqueza del filón; igual les ocurre a las fortificaciones fronte­rizas (cuyo nombre después generalizado es el de presidios) y a las agrupaciones urbanas creadas por los misioneros o, al menos, bajo su inspiración (reducciones). En todo caso, los españoles no cesarán de crear nuevas ciudades; a fines del siglo XVI totalizaban varios cente­nares. Habían hecho surgir una civilización típica y exclusivamente ur­bana. La ciudad en Indias se hace muy pronto célula básica en los as­pectos económicos y demográficos, unidad social primaria, entidad po­lítica importante y centro eficaz de difusión cultural. El alejamiento entre una y otra tiende a incrementar su importancia, y su-enorme dis­persión a fomentar la personalidad de cada una de ellas":

G. Céspedes del Castillo: La sociedad colonial americana en los siglos XVIy XVII (Tomado de la obra Historia social y económica de España y América, dirigida por J. Vicens Vives, Tomo III, págs. 410-412. Editorial Teide, Barcelona, 1957)

CUESTIONARIO SOBRE EL DOCUMENTO

1.  Nombre los "términos" o territorios que dependían de la ciudad de Santiago, La Serena y Concepción.
2.  Clasifique los tres tipos de ciudades que crearon los espa­ñoles en función de los habitantes en la América colonial.
3. Señale tres causas que expliquen por qué se fundaron tan­tas ciudades en la época colonial.
4.  Qué funciones cumplían estas ciudades.
5.  Establezca si existía relación entre la ubicación y forma de las ciudades coloniales y el medio geográfico chileno.
6.  Realice un listado de las ciudades actuales de nuestro país que se ajustan, en sus características, a la descripción he­cha en este documento.


Preguntas de selección múltiple.

1.  Las principales motivaciones que tuvieron los conquis­tadores españoles para participar en la conquista de Chile:

I. El afán de riqueza y de ascenso social. 
II. La intención de dejar fama de sí. 
III. El deseo de escalar posiciones en los ejércitos desta­cados acá en América.

A.   Sólo I
B.   Sólo II
C.   Sólo III
D.   I y II
E.   I, II y III

2.  El 12 de febrero de 1541 Pedro de Valdivia funda la ciu­dad de Santiago de Nueva Extremadura. Entre los mo­tivos que tuvo el conquistador podemos señalar:
I. La gran cantidad de aborígenes que había en el valle del Mapocho. 
II. La existencia de lavaderos de oro en la zona. 
III. Las tierras fértiles y el sistema de acequias de dicho valle.

A.   I, II y III
B.   I y II
C.   I y III
D.   II y III
E.   Sólo I

3.  El desastre de Curalaba, ocurrido a fines del siglo XVI, significó para los conquistadores españoles:

I. El término de las campeadas y malones.
II. El establecimiento de una línea de frontera a la al­tura del Biobío.
III.  El abandono de las ciudades situadas al sur de dicho río.
IV.  El inicio de un período de crisis política.

A.   I y II
B.   II y III
C.   II, III y IV
D.   II, II y III
E.   I, III y IV

4.  De los elementos sociales peninsulares que a continuación se señalan, identifique el (los) que participaron en la em­presa conquistadora de Chile:
I. El clero y los funcionarios.
II. Artesanos y militares.
III. Hidalgos y comerciantes.           

A.   Sólo I
B.   Sólo II
C.   Sólo III
D.   I, II y III
E.   I y II

5.  El Real Situado, dotación de fondos provenientes desde el Perú, instituido en Chile durante la administración de Alonso de Ribera, estaba destinado a:

I.  Mantener las escuelas parroquiales.
II. Adquirir herramientas para la explotación de lava­deros de oro.
III.  Sostener un ejército profesional y permanente.
IV.  Solventar gastos de nuevas expediciones marítimas destinadas a reconocer las costas hasta el Estrecho de Magallanes.

A.   I, II, III y IV
B.   I, II y III
C.   III y IV
D.   Sólo III
E.   Sólo IV

6.  Una de las siguientes instituciones coloniales españolas "no" llegó a ser implantada en Chile:

A.   Real Tribunal del Consulado.
B.   Real Casa de Moneda
C.   Tribunal del Santo Oficio o Inquisición
D.   Real Audiencia
E.   Real Tribunal de Minería

7.  El plan concebido por Alonso de Ribera para enfrentar la guerra de Arauco contemplaba:

I. Dispersión de las fuerzas españolas en los territorios de Arauco, para controlar el accionar de los indíge­nas.
II.  La supresión de las encomiendas con el objeto de eli­minar las reclamaciones de los aborígenes.
III. Organización, disciplina y regulación de las formas de combate.
IV. Reemplazo del ejército vecinal por uno permanente. 
V. Gradual ocupación del vasto territorio de Arauco.

A.   II, III, IV y V
B.   III, IV y V
C.   I, II y III
D.   I, II, III y IV
E.   Todas

8. Los límites de Chile, en el sentido norte-sur, al finalizar el siglo XVI estaban señalados por los ríos:

A.   Copiapó-Biobío
B.   Aconcagua-Biobío
C.   Copiapó-Maule
D.   Aconcagua-Toltén
E.   Loa-Biobío
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